sábado, 23 de enero de 2016

Valiente mujer. Relato.

Hasta ahora no había dicho nada, porque quería poner la noticia completa. El caso es que relacionadas con el Certamen Internacional de Novela Histórica "Ciudad de Úbeda", (toda la actualidad la podéis seguir en su web: http://novelahistoricaubeda.blogspot.com.es/) se realizan actividades durante la semana del fallo del jurado. Charlas en colegios, visitas guiadas, presentaciones de libros y encuentro con escritores consagrados o, también, un pequeño concurso de relato breve y, podríamos decir, espontáneo: "la noche de las quimeras". 

Las reglas son bien sencillas: te llevas el ordenador, te dan un tema y durante una hora escribes el relato, que guardas en un archivo y los vigilantes te dan una memoria externa para que lo guardes en él. No hay ni que decir que los vigilantes tienen la función de que no aproveches textos ya hechos en casa. Se trata de escribirlo en el momento.

La noticia, más allá de lo interesante de la propuesta, es que en la última celebración, fui el ganador del concurso y hoy os puedo enseñar el premio, que como siempre es un lote de libros.

Han sido: 

 - Draco. La sombra del emperador. De Massimiliano Colombo.
 - Balco. La mano izquierda de César. De León Arsenal.
 - El caballero del Alba. De Sebastián Roa.
 - Promesas de arena. De Laura Garzón.

A continuación os dejo el relato, cuyo tema era "La Guerra de la independencia en Úbeda".

Croquis de la batalla: http://bvpb.mcu.es/cartografia/es/consulta/registro.cmd?id=408464


"Valiente mujer"

No era una noche fría a pesar de ser noviembre. Carmen bajaba por la calle un poco despistada, los ojos fijos en el final de la empedrada calle, casi tropieza con una mujer que subía cuchicheando en el oído de su amiga. Carmen bajaba la empedrada calle intentando pensar en una historia que le pareciera interesante, intensa, quizás original, nada de héroes ni de grandes batallas, no era su estilo; quizás más bien un mendigo, un borracho, tal vez medio bohemio. Aún necesitaba el tema, pero el argumento ya podía pensarlo para que después, al comenzar a escribir su relato breve, todo fuera más rápido y su mente dictara a velocidad de taquígrafa. Llegó al cruce junto a la iglesia barroca y cruzando la calle miró su reloj, sólo faltaban 10 minutos para que comenzara el concurso. Notaba el peso del ordenador portátil en sus riñones, pero era lo que menos le preocupaba. Comenzó la populosa calle de bares y arte donde se encontraba el viejo palacio donde se celebraría el certamen de noveles. Llegó a tiempo y el primer obstáculo lo sintió superado.

Al comenzar a escribir, no dudó, ya tenía el argumento perfilado, sólo necesitaba dar nombre al protagonista y ajustarlo a la época que le habían marcado: la Edad Media. Su borracho, Martín, comenzó sus correrías bajo la muralla de la ciudad de su cuento, persiguiendo gallinas en busca de sus pechugas. El relato fluía. No necesitó de mucho tiempo para que el relato tuviera una forma definida, con su final bien ajustado al tono del relato, jocoserio, pero un poco trágico. Martín, el borracho, moría contento con una botella en su mano derecha y la izquierda sobre un puñado de tierra como símbolo de sus aspiraciones vitales.

Carmen se estiraba y miraba satisfecha hacia delante. Le habían sobrado 10 minutos de los permitidos para redactar el cuento en el Certamen, que se celebraba en el viejo palacio de su ciudad, Úbeda. Algo llamó su atención. Junto a ella había una puerta abierta, que daba a una estancia que estaba a oscuras, pero en el momento de estirarse, vio algo moverse dentro, cuando se suponía que nadie, excepto los escritores estaban en el palacio. Hasta los vigilantes estaban en el zaguán del palacio haciendo más entretenida su espera. Aprovechando que nadie le hacía caso, Carmen se levantó y entró con algo de disimulo en la habitación, llena de curiosidad por el movimiento. Le había parecido un gato.

Dentro de la habitación, no veía nada, parecía no entrar nada de luz del lugar en el que se encontraban los demás escritores. En el lado opuesto de la habitación parecía haber una puerta por cuyas rendijas una luz brillante se colaba. La curiosidad de Carmen no pudo más que crecer y su picardía le hizo abrir la puerta para ver qué había dentro. Al hacerlo, vio la misma estancia desde la que había entrado en la habitación a oscuras, esta vez totalmente vacía, con muebles distintos, llena de luz, una luz inmensa que se colaba desde la techumbre de cristal que dejaba entrar toda la luz que el sol, en lo más alto, donaba a la Tierra.

Carmen no pudo más que abrir los párpados en toda su amplitud para, en el instante siguiente, sobrecogerse de espanto. ¿Qué era esto? Aun sintiendo sus piernas como si estuviesen sufriendo el más terrible de los terremotos, avanzó hacia la puerta principal, la que daba a la calle y se dispuso a salir. No es que estuviera vacía su mente, sino que era precisamente una presión en las sienes lo que no le permitía pensar en qué podría estar pensando. Su mente racional quedó en la oscura estancia para quedar Carmen en un estado propio de niños recién nacidos.

Al poner el pie en la calle, vio que todo era distinto y todo era igual. La misma calle, pero distinto aspecto. No comprendía muy bien qué pasaba. Lejos, sin saber muy bien desde dónde, explosiones, zumbidos que reverberaban en los ventanales de las casas, bandadas de palomas y golondrinas que rayaban el cielo tras cada explosión. ¿Qué ocurría? Vio gente correr, vio mujeres con faldas con enaguas subiendo la calle desde el Ayuntamiento y una que se le acercó le dijo: “tú, no te quedes ahí como un pasmarote, vente con nosotras”. No lo dudó, se fue con ellas sin saber dónde. Otra que iba a su lado le comentó que estaban atacando los gabachos desde el oeste, por debajo del hospital y que era mucha la ayuda que necesitaban los hombres. Seguía sin entender. “Qué rara vas vestida tú, pareces un hombre con esas ropas tan extrañas. ¿Eres extranjera? ¿Eres gabacha?” Carmen tuvo que defenderse. Al oírla hablar supieron que no lo era, era acento propio de su tierra, aunque no terminaba de gustarle cómo hablaba.

Llegaron por fin, tras mucho correr, al hospital y desde una casa sacaban cubos y otros recipientes con aguas. Explosiones, humos, ruido no le permitían a Carmen pensar en qué pasaba, no era aquello normal. El cometido de Carmen y sus compañeras era el de llevarles agua a los soldados que estaban a lo largo de toda la muralla, siempre a cubierto de las casas para que no les cayera ningún proyectil encima. ¿Muralla? ¿Desde cuándo Úbeda tenía muralla ahí? Carmen no entendía, pero las siguió sin reparos segura de la necesidad del momento. Se armó de coraje y corrió, rodeada de escombros por las calles que bajaban hacia lo más crudo del combate. Las explosiones eran continuas, ella seguía corriendo y un cristal saltó por encima de ella a causa de un proyectil, se cubrió  con un grito agudo. Su compañera, de la que nunca supo su nombre, la agarró del brazo y tiró de ella. Corrían como gacelas saltando sobre vigas y restos de ladrillos. Un muerto en una esquina al que le faltaba un brazo. Más allá tuvieron que saltar sobre otro cadáver en un charco de sangre, cuya camisa estaba abierta y llena de sangre por la herida de un sable. La muerte la rodeaba, la muerte le hablaba en forma de fuego de cañón. Ella quiso contener el llanto, pero no pudo; una lágrima le cayó por su mejilla derecha, pero no pudo limpiársela. Llevaba en sus manos la esperanza y el futuro.

El combate se extendió todo el día, los franceses consiguieron saltar sobre la muralla y derrumbarla por alguna brecha previa. Sin embargo, el cabecilla de los milicianos ubetenses consiguió reunir a los soldados que quedaban en pie. Tras la breve arenga y las cuatro órdenes que consiguió estructurar el ataque, se lanzaron al último choque. Era la última esperanza de Úbeda.

Carmen seguía subiendo y bajando con agua para que los moribundos pudieran levantarse por última vez, para que los heridos lavaran sus heridas y las olvidaran y para que los sanos arreciaran la furia de sus espadas. Seguía subiendo y bajando, pero su orgullo y valentía no dejaba de subir. Aquel día se atrevió a dar incluso alguna orden a sus compañeras que ayudó a sortear al enemigo en un lugar donde estaban colándose y así no caer en las garras sanguinarias del francés. Cuando ya la noche estaba llegando y la batalla parecía ganada, en lo que podría ser la última carrera, y sus piernas ya apenas la sostenían, un gran destello la hizo sucumbir.

Al día siguiente, entre gritos de victoria y Hosannas, un grupo de mujeres lloraban. Sabían que habían sido valientes y que su ayuda había sido fundamental. En cierto sentido, esta realidad no se les ocultaba. Estaban satisfechas. Pero a pesar de su satisfacción, había algo, propio de la solidaridad que hacía sentirse unidas y protegidas a las mujeres, que no les permitía estar felices. Habían muerto pocas, pero suficientes para apagar la alegría. Entre ellas, había una desconocida, de ropajes extraños, de hablar también extraño, de la que al principio habían dudado, pero que había demostrado ser valiente, recia, sin miedo. Sólo una se había atrevido hablar con ella, le había dicho su nombre. Gracias a eso pudieron ponerle una lápida. Carmen Navarrete Anguís. Sin fecha de nacimiento y con fecha de muerte. Valiente mujer rezaba su solitario epigrama.



Un día de enero, detrás de una tapia del cementerio nuevo de Úbeda, realizando obras de mantenimiento, se había descubierto una colección de lápidas que no se conocían. Se habló con el museo arqueológico de Úbeda para su estudio. Algunas tenían fechas y fueron fáciles de catalogar. El director del museo llevaba 2 meses buscando a su hija, que había desaparecido sin saber nada de ella. Tuvieron que llamar a Urgencias aquella tarde. Lo encontraron sobre una lápida que ponía: Carmen Navarrete Anguís.