miércoles, 7 de enero de 2015

bodas de sangre, de Federico García Lorca.

Mendiga: ilumina el chaleco y aparta los botones, 
que después las navajas ya saben el camino.

Tengo la intención de leer las tragedias lorquianas que tengo en casa en este mes, y ya hablé de Mariana Pineda hace unos días. Esta vez ha sido el turno de Bodas de sangre, terminada hacia 1932, aunque sde publicó en 1933. Lo que todos sabréis es que pertenece a una planeafa trilogía de tragedias rurales que no se vio concluida, siendo la segunda obra Yerma, y aune no terminara la trilogía, no podemos negar que La casa de Bernarda Alba cumple con el papel decentemente. 

Obra ya alejada del primer modernismo de Lorca. Está dividido en tres actos, el primero tiene tres cuadros, el segundo dos y el tercero otros dos. Notamos en esto abandono de interés innovadores en lo estructural.
Esta vez he usado una edición más moderna. Muy interesante
con unos apéndices muy interesantes con textos de Lorca. 

A diferencia de la anterior obra que comenté, en este caso la tragedia está presente de un modo continuó en la forma ausente de Leonado. Este personaje es el continuo personaje que aun no estando en el escenario, todos los sentimos, en epensamiento o en la boca de los personajes que sí hablan. 

Obra de un aparente realismo histórico, de hecho la historia está tomada del periódico, pero que se transcribe mediante un hermoso lirismo, especialmente potente en las imágenes de las intervenciones de quien podríamos considerar la verdadera protagonista, la Madre. El carácter realista lo podemos saborear en la descripción de costumbres y cierto cariz en el lenguaje, al que se le nota cierto sabor popular y sabio, lleno de consejos y sentencias que nos transportan a un universo muy lejano del de la ignorancia y la incapacidad mental que nos parece que hay en otras obras más antiguas.

El terecer acto, y último, está como desgajado del resto, la historia casi se detiene y comienza el simbolismo porque a la muerte se la puede presentar vulgar o con su vdadero rostro, el mágico, el que el pueblo, en el imaginario de la literatura burguesa, ha poseído. Y así la luna, eterna testigo, y la muerte, señora, aunque en esta obra no trascendentalizada, surgen como personajes con voluntad propia, aunque parece que hay un hado que todo lo cubre y cuya sirvienta parece ser la muerte, un hado representado en el entrecruzamiento sangriento de dos familias. Junto a ellas aparecen como las parcas en forma de tres leñadores, cuyo papel aún no he descubierto.

Una obra intensa, aunque siento que el papel de la Mendiga podría haber sido incluso más profundo. 

PS: es mi primera entrada íntegramente redactada, foto incluída, desde la tableta. La experiencia no ha sido mala.