miércoles, 8 de octubre de 2014

El monstruo, de Antonio de Hoyos y Vinent

Que toda la eternidad no valía una de aquellas espantosas
noches de voluptuosidad en que la carne era inmensa
y tenía el secreto del supremo olvido, porque tenía
el secreto del supremo goce.
El monstruo, Antonio de Hoyos y Vinent

El monstruo, primera vez 1915. Mi ejemplar es de 1927

mi libro

La novela que quiero comentar aquí cuenta un descenso continuo a los infiernos de su protagonista, Helena. La protagonista es una especie de reina acompañada siempre de sus prosélitos, un grupo extravagante de vividores de laxa moral. Su vida es un pozo lleno de iniciativas lascivas que no deja indiferente al lector, como tampoco a algunos de sus seguidores.

A diferencia de otras entradas, en este caso, sí voy a entrar un poco más en la historia, pero no creo que sea tan importante lo que diga como para que no podáis leerla después y disfrutarla como si no supierais nada de ella.

Es un libro que podríamos llamar postmodernista, con una prosa recargada de adjetivaciones y descripciones voluptuosas, en las que los adjetivos más perturbadores se hacen reyes de la descripción, fijando la mirada, la atención, en lo grotesco, o buscándolo y encontrándolo cuando parece a priori que no lo hay. Un ejemplo, y podrían ser miles, es la siguiente descripción, quizás no la más retorcida:
Del zócalo de malaquita verde partían las lacas amarillas historiadas de rampantes dragones de oro y raros pajarracos. Formando friso, los monos orlaban el techo y extendíanse por la bóveda. Eran bestezuelas negras, atrozmente lúbricas, que se enlazaban con las más imprevistas y obscenas combinaciones, retorcíanse, descoyuntaban, convertidas en demonios burlescos e indecentes que reproducían atroces escenas de amor con esa prolija minuciosidad que pusieron los viejos chinos en interpretar los lances de la vida sexual. Las ventanas abiertas de par en par dejaban ver los sombríos árboles del jardín, destacando sus quiméricas siluetas de templos, minaretes, palacios, aves, peces o basiliscos sobre el cielo de una luminosidad de zafiro. (Comienzo del capítulo 2, de la segunda parte).
Si de algo podemos quejarnos en cuanto al estilo modernista y decadente del autor, es el abuso de ciertas formas y sintagmas que crean una sensación de prosa no cuidada. La repetición de adjetivos como atrabiliario o sustantivos como vesania en pocas líneas crea esa sensación de excesivo refinamiento en la prosa que provoca cierto rechazo. Incluso, a veces, usando mal estos términos. Algunas construcciones que parecen no tener sentido o la sustantivación de otros sintagmas difíciles de sustantivar (por ejemplo: un a modo de desdoblamiento espiritual que le hacía contemplar) redundan en este sentimiento. Pero la lectura de la exquisita composición, llena de francesismos, aristocráticas imágenes y desprecios hacia la burguesía, sus descripciones al más puro estilo rubendariniano, provoca en el lector afín un sinfín de pequeños placeres estéticos que le impide abandonar la lectura.

Otra característica es su estructura interna, en la que cada capítulo está dominado por la descripción, y en el que la acción es mínima y con la misión de enriquecer las descripciones. La acción principal está más en lo que no se narra, centrándose la novela en los detalles.

El autor, en 1885
En la primera parte, lo exótico no es lo que hay, sino lo que se quiere aparentar en la vida de los personajes. Son los personajes mismos que aparecen en lugares no tan exóticos. Negros y moros en los bajos fondos, una ciudad portuaria. Pastiches orientalizantes en construcciones occidentales. Nada es verdad o sincero en estos escenarios, no más que las insinuaciones de los personajes, sus pasiones malditas y su hechos oprobiosos para ellos mismos. En el fondo, no sabemos qué hay detrás de la cortina que cada personaje posee delante de su alma, excepto en un caso, el de la protagonista. Heroína que ante todo enemigo de su alma se alza, reina de su ser y de su decaimiento.

La segunda parte comienza con un capítulo que es el arquetipo del modernismo decadentista. Ahora el modernismo ya no está en lo referido, sino en la realidad que se empieza a vivir. Marcelo llega al palacio chino en el que vive Helena después de haber sido desterrado de la vida de ella y las descripciones, preciosistas y precisas del entorno, nos va introduciendo en un mundo exótico de color propio de un poema rubendariniano.

Técnicamente, en este primer capítulo, utiliza una descripción dinámica, en la que se nos cuenta lo que va viendo el personaje desde que empieza a acercarse al palacio hasta que está en la última sala del mismo. De lo grande a lo más pequeño. Del paisaje enorme en un crepúsculo dorado hasta la habitación pequeña, en penumbra, olorosa y, si me apuráis, hasta la cama en la que se encuentra Helena, terriblemente afectada por la enfermedad.

Dijimos que esta novela es una descenso a los infiernos de su protagonista, Helena. En esta segund aparte, provocado por la enfermedad, su descenso a los infiernos es sinónimo a un acercamiento esquizofrénico a Jesucristo y al martirio tradicional (lo cual, por otra parte, nos recuerda a Ana Ozores). Se convierte al cristianismo de un modo moral y actúa sirviendo a los que, como ella, sufren de la enfermedad. Es muy interesante el cambio que en el narrador se produce a la hora de tratar a este personaje. Este cambio moral en ella hace que el narrador deje de compararla con los personajes femeninos libidinosos del Antiguo Testamento (recuerdo a Salomé, por ejemplo), para compararla con santas mártires del catolicismo. Esto ocurre a la vez que toda la magnificencia y fantasía del lugar en el que se encuentra, paraíso terrenal y pagano, acaba convirtiéndose en un lugar lleno de podredumbre y fealdad, como símbolo externo del cambio interno de la protagonista. Sin embargo, también es símbolo de la realidad de la protagonista, ya que la conversión no deja de ser ambigua. Su pasado sigue luchando con el revestimiento de renuncia y sufrimiento (visión nietzscheana del cristianismo) por el que ha optado en la enfermedad y debilidad moral la protagonista. Este cambio, no deja de ser un paso más hacia el centro mismo del infierno que ocurre al final de la novelita.

Y es que, finalmente, en su lucha interior, acaba venciendo su pasado, lo que siempre fue y será. Acompañado este descenso moral , cada vez más terrible, más cruel con un descenso real. Un descenso en el que Helena, despojada de su falso cristianismo, viaja entre fuegos y rituales orgiásticos de sangre y sexo a través de la ciudad, asaltada por una marabunta infernal de piratas, hasta llegar al epicentro de la religiosidad oriental: a una pagoda. Allí se consuma el terrible hecho del malditismo: la profanación de lo sagrado, con un Buda desterrado y suplantado por una deidad fálica, mientras que la protagonista sufre las pasiones lascivas del dicho dios. Este hecho, como revulsivo, le lleva a convertirse ella misma en la marcadora del destino de los demás. Su relación con Marcelo, siempre cruel, acaba siendo el fundamento de la caída de él. Ella, como diablo liberado de cadenas cualesquiera, arrastra consigo al infortunio a aquellos que la rodean y la quieren. 

En definitiva, es una novelita atractiva, interesante, atrevida para la época en la que se publicó. Para aquellos que nos gusta leer literatura en que lo grotesco y lo mágico se funden, esta novela es un buen pasatiempo. Nada exigente para alguien que haya leído lo más básico de la literatura modernista en español.