martes, 9 de octubre de 2012

El Diablo, León Tolstoy.

El comentario-reflexión de este libro es producto de una aprehensión profunda que me causó su lectura. Pocas veces uno se ve reflejado con tanta fuerza en un libro. Creo que no leerán esta entrada aquellas por las que este libro estará entre mis más sentidas lecturas, tampoco importa.

El librito que poseo, donación de mi amigo Martin Hayrapetyan es de la editorial Juventud, perteneciente a la colección "Libros de bolsillo Z". Número 121. La edición que tengo es de 1984, es la segunda edición. La primera, de 1928, me de la sensación que tiene el mismo texto, lo que sería una reimpresión, no nueva edición. Tiene ilustraciones de Jaime Azpelicueta, que se ve que trabajó para esta editorial en más obras, como la Iliada, y la traducción es, quizás, pues no queda explícito, Mariano Orta, que si fuera de segundo apellido Manzano el texto no sería el de 1928, aunque el prólogo no puede ser de otra forma.

El protagonista es un hombre de buena voluntad y espíritu virtuoso, pero perseguido por una debilidad. La pasión de otra mujer. ¿Acaso no la ama también? ¿No es lo mismo amor y pasión, aunque supongan experiencias distintas? ¿No se llama pasión a la muerte por Amor de Jesucristo? En una mano la mujer que ama, en la otra la pasión. ¡Por qué elegir! Un corazón, dos amores. Es así la vida y su tortura en un hombre con la desdicha de amar profundamente.

Él cree que no la ama, pero qué si no. Sin embargo, Eugenio se siente despreciable, un gran pudor moral le corroe el alma y he aquí en lo que consiste su gran tragedia, en su conciencia de la maldad que él cree propia, interna. La boca se convierte en el tubo de escape de la desesperación para el protagonista, sirve de alargador de la vida, pero no cura como la vida no es infinita. La charla se convierte así en acto locutivo catártico per se.

La casa, la hacienda, es esa urna de cristal que no te permite huir, de la que sabes que no hay escapatoria hasta que "el sacerdote libertino" la rompe y descubres que la luz provenía de un más allá salvífico. ¿Puede uno escapar de la tragedia? De donde hay un diablo, es difícil escapar. Y en definitiva, solo uno mismo, sin esperar la comprensión de nadie, sabe cuál es la salida de la tragedia; sin esperar la comprensión de nadie...

Ahora, tras la lectura de esta novela, me he decidido por seguir con Tolstoy. Ya es hora de una lectura de las grandes, próxima parada tolstoyana: Guerra y paz.